Calidad del empleo en el sector de la construcción de Colombia

El sector de la construcción ostenta el nada decoroso tercer peor puesto en cuanto a formalidad laboral, solo superado por los sectores de Agricultura, pesca, ganadería, caza y silvicultura (8%), y comercio, hoteles y restaurantes (17%).

Lo anterior quiere decir, en pocas palabras, que hay mucho empleo, pero en muy malas condiciones, de las cuales todas son preocupantes, pero algunas rayan en lo calamitoso.

Así, por ejemplo, la baja tasa de afiliación al régimen contributivo, a la que se añade la igualmente magra afiliación al sistema de riesgos laborales
(ARL) constituye un peligro enorme para la vida e integridad de los trabajadores de la construcción, tal vez la actividad laboral más arriesgada de todas. No en vano, en 2013 se produjeron oficialmente 542.406 accidentes laborales, de los cuales 750 terminaron con la vida del trabajador; del total, el 38,7% de los accidentes (206.114 aproximadamente) y el 36,8% de los eventos mortales (270) se presentaron en el sector.

Con tales cifras, no resulta difícil concluir que trabajar en la construcción resulta parecido a jugar con fuego dentro de una fábrica de pólvora.

Además de lo anterior, el índice de afiliación laboral a pensiones muestra que, cuando menos, seis de cada 10 trabajadores del sector se fatigarán, enfermarán, reventarán y dejarán su cuerpo estampado en las obras que se expanden hacia arriba y hacia los lados por todo el país sin que, al final de sus días, cuando su fuerza laboral se halle adherida al cemento que refuerza esas miles de construcciones, puedan disfrutar de un merecido sosiego, pues no contarán con una pensión que les brinde la seguridad en sus años de vejez.

Y si las cifras de afiliación a salud contributiva y ARL nos hablan de un
no-presente del trabajador de la construcción, y las de cotización a pensiones de un no-futuro, las de afiliación a cajas de compensación familiar terminan certificando la no-esperanza del obrero. Porque estas últimas revisten una ayuda al empleado y su familia, tanto por los subsidios familiares y cursos ofrecidos al núcleo familiar del trabajador, como por las opciones de subsidio familiar de vivienda, sin lo cual las expectativas de una casa propia se diluyen, de la misma forma en que, a decir de Marx, todo lo sólido se desvanece en el aire.

A manera de conclusión: la perspectiva laboral del sector de la construcción
manifiesta una marcada “bipolaridad” que se expresa, de una parte, en la alta demanda y absorción de mano de obra, que mantiene a esta categoría de actividades económicas en los primeros lugares de empleabilidad del país, y con vastas posibilidades de vinculación creciente trabajadores, sustentadas tanto en la política de vivienda del gobierno, como en los proyectos de infraestructura que se reseñarán más adelante; pero, de la otra, existe, frente a tan enorme capacidad de enganche laboral, un desastroso panorama en materia de formalidad laboral, medido
a través de la vinculación a los sistemas de seguridad social (salud, pensiones y ARL) y de compensación familiar. Tal situación evidencia la enorme fragilidad de la condición del trabajador del sector, que desarrolla sus labores en su sector donde el índice de accidentalidad laboral y de muertes ocurridas por accidentes de trabajos en demasiado alto. De tal suerte, aunque al país le ha ido bien en materia de construcción, y los trabajadores perciben un salario de subsistencia, no puede decirse, ni de lejos, que su condición sea tal que puedan pensar en romper el vicioso círculo de la pobreza y desigualdad a que se ven constreñidos atávicamente.

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